jueves, 6 de septiembre de 2007

desahuevate


Cinco y cuarentaicinco de la tarde, van a ser las seis y ya es la hora de salir de este lugar que se torna tan extraño, y que de hecho es una oficina donde se trabaja ocho horas diarias sentado frente a un computador, y a donde llaman por teléfono desde otras oficinas gente que también está sentada frente a otros computadores idénticos, o al lado de teléfonos y faxes, reunidos en escritorios modernos, o que deberían parecen modernos; oficinas con grandes ventanas de cristal templado desde donde se puede ver, como veo en este momento, las luces de otras ventanas en los altos edificios que se disuelven en el atardecer de esta ciudad y que también están llenos de otras oficinas, computadores, teléfonos y gente, y de aquella sensación que se camufla en la rutina y en la indiferencia, como sangre coagulada bajo una piel enferma. melancolía.

Ocho horas sin poder escuchar la música a todo volumen, sin poder leer algún libro que hable sobre lo que siente la gente cuando descubre la soledad o la ternura; ocho horas sin besar y abrazar a la mujer de mi vida, sin trazar una linea o escoger un color al azar. Ocho desesperadas horas sin una conversación intensa y sin sentido, sin ningún movimiento espontáneo o un silencio amable. Solo el mismo zumbido pálido que se desprende de las paredes y de los cables, de los fluorescentes, de las miradas congeladas en las fotografías de extraños, del plástico de los aparatos, la fibra de los papeles y la tinta de los lapiceros. El mismo zumbido que producen los mismos movimientos del mismo imperfecto mecanismo, que inútil e implacable, todos los días hace subir y bajar los ascensores y también llena de noticias absurdas y peligrosas las radios, la televisión y los diarios, y lleva a la gente de un lugar hacia cualquier otro donde hay más gente que regresa de ninguna parte para quedarse donde siempre.

Seis y tres de la tarde y en la pantalla de mi computador está la misma imagen desde hace quince minutos. Resopla el gran mecanismo, descuelga sus pesados músculos de concreto y afloja las compuertas de sus agotados calderos. Va disminuyendo el traqueteo de los infinitos botones y las constantes teclas; el murmullo de las sillas arrastrándose se suma al de las voces opacas y sus no menos opacas palabras, y este a su vez al de los interruptores y las puertas cerrándose, miles de escalones se agitan bajo el peso de millones de pasos inciertos y pululan estridentes, incesantes los odiosos sonidos de la modernidad y sus cada vez mas absurdas formas de volvernos la existencia tan maravillosamente complicada y sintética. Hablamos más, nos conocemos menos.

El invierno este año es aún más traicionero, pero en "la custer" no se puede sentir tanto el frío de la calle como el calor algo pegajoso que los desconocidos de siempre compartimos. Avance al fondo caballero. El mismo zumbido trepando por las ventanas empañadas, flotando sobre nuestras cabezas dispares, metiéndose en nuestros bolsillos y nuestras conciencias.

Seis y treinta de la tarde, una voz impersonal y mecánica me pide a través del intercomunicador mil disculpas pero que desafortunadamente la persona a la que busco acaba de ingresar a una reunión muy importante precisamente a la misma hora en la que, vaya que extraño, me había citado. Mierda. No es el frío lo que me molesta, pero empiezo a toser, aunque el click del aparato me hace saber que lo que intente decir ya no importa. Esfuerzo una sonrisa displicente que tal vez sea más una mueca de dolor, y ensayo mentalmente algunas deliciosas formas de la tortura que comulgan muy poco con mi condición de pacífico habitante de este mundo. Calculo mis posibilidades, no es momento para convertirse en un asesino en serie. Quiero pensar que es mejor así, pero caigo en la cuenta de que de esta reunión dependía mucho la tranquilidad de no tener ciertas cuentas pendientes. Mala cosa. Algo se puede hacer sentencio y hago una llamada. No es tan mala tanta tecnología después de todo, me consuelo, esperando escuchar esa voz dulce a la que suelo atribuir en gran parte la razón por la cual aun no he partido en desaforado viaje hacia la insensatez. Pero vuelve a fracasar mi frágil optimismo de emergencia ante la devastadora realidad, "estoy en una reunión amor, te llamo luego ¿ok?". Vuelvo a toser, disimulo un gemido lastimero y alcanzo a escuchar un apurado "bye" antes de que los digitales silbidos den paso al silencio desolador tan típico de estas situaciones. ¿tú también?.

Va disminuyendo el ritmo de mi andar, mientras bajo lentamente, involuntariamente mi brazo aún aferrado a tus ultimas palabras. La calle es un abismo, constato rendido, perplejo. Me golpea con fuerza el rugido de los autos y sus choferes psicópatas, me marean los estúpidos anuncios con sus frías luces parpadeantes, me atraviesan las pesadas sombras de los transeúntes, de las farolas sucias, de los arboles agonizantes. Mierda, mil veces mierda. Quiero gritar, mandar todo para el carajo, estallar en carcajadas desafiantes, y no puedo, y tengo miedo porque lo que pasa en realidad es que no me atrevo. Estoy atrapado y es mi culpa. Atrapado en mi tragedia clase media. Siento que la calma se vuelve un maldito laberinto, siento que el silencio y la soledad ya no son lugares seguros. Otra vez estoy en el mismo sitio, que es cualquier sitio, tratando de entender el mensaje, que siempre es el mismo mensaje. ¿Que dice?. Es el idioma de la ciudad hablandome, respirándome su aliento asfixiante, sórdido y nocturno; y sus palabras- que están hechas de impaciencia y humedad, de monotonía y de humo -se van superponiendo vertiginosamente hasta formar una sola frase que se vuelve un conjuro certero y aterrador como un océano negro. Es un zumbido que ya no es un sonido ni una forma, y no brota de los objetos ni de las ideas. Los genera, los transforma. Los destruye. Las paredes son zumbido, los jardines son zumbido, las antenas y las alcantarillas son zumbido. La vitrina frente a mi es zumbido y también mi reflejo y su expresión desconcertada. La sangre congelada en mi corazón y también mi corazón y mis ganas. Adentro, afuera, antes y después hay un zumbido imperceptible inundándome con su sustancia. Mi sustancia.

Vibra en mi mano un mal presagio, caída libre en retroceso, regreso hasta el instante mismo de su existencia. Presiono el pequeño botón rojo de la negación. No quiero saber. El universo sigue en pie y aun sigo siendo parte de el. Respiro. Irrumpe en mi garganta con mas fuerza la tos ensimismada, y como una pregunta inesperada ante el discurso inevitable se abre la compuerta transparente que me separa de otro mundo.

-¿Desea ver la exposición? Abrimos hasta las ocho.
-¿Eh?
-Que abrimos hasta las ocho.
-Oh, gracias gracias, si claro, claro.

Galería de arte. Vastas paredes blancas se deslizan delante mio, susurrandome por todos lados con rectangulares melodías multicolores. Si! Sonidos nuevos parpadeando en la bruma de mi hastío. Como una señal que se cuela débilmente, puedo divisar tras la estática que me rodea las brillantes imágenes de escenarios fantásticos: azules personajes sobrevolando un paisaje infinito y circular, sinfonías catastróficas donde músicos dorados y sus delirantes instrumentos se confunden en el mismo pavoroso organismo, novias muertas con trajes hechos de cuervos, calles tibias tapizadas por las sombras purpuras de las bicicletas; aquí y allá el estruendo de una metamorfosis o el gris murmullo de una linea continua.

Ya son las 8:00 pm. Ha pasado mas de una hora desde que naufragara mi pequeño entusiasmo. Y sigo aquí, entre los escombros de la tragedia, mirando alejarse la tormenta hacia el horizonte. Sigo aquí, sobreviviente e incrédulo, tosiendo contento, contento de seguir aquí.

Vuelve a sonar el celular, no me importa. Eres tu. Todo bien, bueno, masomenos porque lo que tenia que hacer no lo hice y no es mi culpa, en serio. Pero que bueno porque mira, pude sobrevivir, tu sabes, naufragar y sobrevivir. Porque descubrí lo inesperado, y lo maravilloso. Si. No, no es que haya sufrido un accidente, no me encontré con nadie ni nadie mas me ha llamado ademas de ti. Es solo que estar aquí después de todo, no es tan malo. Claro, que estoy bien, si. Camino a mi casa, si ya se, ya se que es tarde para encontrarnos y estas muy cansada, no te preocupes. Si, lo inesperado, eso ¿sabes? siempre algo nos espera por allí y lo mejor que te puede pasar es no saber nunca de que se trata. Si, siempre. No, no importa. Yo también te amo. Si, voy a pasar por la farmacia. No se, no importa porque he sobrevivido. Esta bien, beso. Si, lo haré. Claro que lo haré porque es maravilloso darse cuenta. Si amor voy a dejarme de tanta huevada esta vez. No. Si, esta bien. Beso.






No hay comentarios: